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El "invierno emocional" de la clase media: el temor al descenso social eclipsa los logros macroeconómicos

La clase media se encuentra en un laberinto: se extiende el malestar porque siente que los resultados aún no le llegan, pero no quiere volver atrás, no quiere sentir que se pierde el esfuerzo realizado - LA NACION

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El "invierno emocional" de la clase media: el temor al descenso social eclipsa los logros macroeconómicos

La sociedad argentina atraviesa actualmente un periodo de mutación emocional caracterizado por la disminución de la esperanza y la ilusión, mientras crecen la tensión, la preocupación y la incertidumbre. Este estado de ánimo, descrito como un "invierno emocional", se manifiesta como una acumulación de malestares de baja intensidad que, en algunos sectores, ya han derivado en angustia y decepción.

El impacto de este clima es especialmente profundo en la clase media baja, que representa el 26% de las familias del país —aproximadamente 4 millones de hogares y 11,5 millones de habitantes—. Si a este grupo se le suma la clase baja no pobre, que mantiene valores de clase media pero percibe ingresos de clase baja (30% de las familias), el volumen de personas afectadas por este malestar emocional asciende a más de 25 millones.

En los estratos superiores, la reacción es distinta. En la clase alta, la euforia ha sido reemplazada por la ecuanimidad y una observación atenta del curso de los acontecimientos, apareciendo más dudas que en etapas anteriores. Por su parte, la clase media alta realiza un esfuerzo extraordinario para sostener su calidad de vida, operando a la defensiva y con una creciente desconfianza, consciente de que otros sectores se encuentran en situaciones más críticas.

Desde una perspectiva económica, existe una valoración del orden macroeconómico alcanzado. La estabilidad del tipo de cambio y una inflación que, aunque persiste, se percibe como menos apremiante, son activos valorados por la ciudadanía. Los datos del Banco Central de la República Argentina (BCRA) reflejan que en julio 1,7 millones de personas adquirieron casi 3.000 millones de dólares netos, evidenciando la importancia de un dólar accesible y simple de adquirir.

Sin embargo, este "sol de la macro" comienza a ser tapado por las "nubes de la micro". Aunque la mayoría de los argentinos ha comprendido que no se puede gastar más de lo que ingresa, existe la percepción de que la eficiencia administrativa no ha traducido mejoras en la vida cotidiana. El "tránsito arduo" aceptado en el pacto inicial parece estarse prolongando más de lo esperado.

Un indicador clave de esta situación es el ingreso disponible de las familias, definido como el dinero restante para consumos discrecionales tras pagar los gastos fijos. Según cálculos de Ecolatina, este ingreso cayó un 15% en promedio entre 2023 y 2025, con una previsión de caída adicional del 1% para el año en curso. En una comparación más extensa, las posibilidades de compra de los hogares se habrían contraído un 37,5% al finalizar 2026 respecto a los niveles de 2017.

Este escenario ha desplazado la principal preocupación de la población. Ya no es la inflación el eje central, sino el empleo. Según encuestas de Aresco y Synopsis, el trabajo es el tema prioritario para el 41% y 36% de los ciudadanos, respectivamente. No se trata únicamente de un temor al desempleo, sino de una crisis en la calidad del empleo.

Los datos oficiales del Indec muestran un desempleo del 7,8% a nivel nacional (1,8 millones de personas), cifra que asciende al 9,7% en el Gran Buenos Aires. Si bien se crean puestos de trabajo, la mayoría son informales o bajo el régimen de monotributo. Informes de la Anses (SIPA) indican que entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 se perdieron 337.000 empleos asalariados registrados: 241.000 en el sector privado (destacando pérdidas de 85.000 en industria y 63.000 en construcción), 80.000 en el sector público y 16.000 en casas de familia.

En contraposición, se crearon 161.001 empleos como monotributistas no asalariados. El Indec señala que, aunque hay 509.000 puestos de trabajo más que en 2023, la informalidad laboral alcanzó el 43% al cierre de 2025. Esta precarización genera una ansiedad profunda, vinculada al temor al descenso en la escala social, un miedo arraigado en la idiosincrasia de las clases medias.

A pesar de esta tensión, las indagaciones cualitativas sugieren que no hay un deseo masivo de retroceder. Cerca del 70% de la población no quiere volver al modelo anterior, aunque un número creciente de ciudadanos solicita mantener la dirección actual pero ajustando el rumbo. La sociedad se encuentra así en un laberinto: con un pasado que no atrae, un presente insuficiente y un futuro aún difícil de visualizar.

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