¿Qué sucede realmente durante el tiempo de encierro? Mientras en la provincia de Santa Fe se construye una cárcel llamada "El Infierno", la discusión sobre la política penitenciaria y la reinserción parece haber quedado fuera de las prioridades públicas.
En Argentina, el camino tomado desde la década del 90 ha sido predominantemente punitivo. Las cifras son contundentes: en 1992 había 62 personas presas por cada 100 mil habitantes; para 2024, esa cifra ascendió a 260, un crecimiento de más del 300%. Sin embargo, el acceso a la formación es mínimo. De las más de 120 mil personas privadas de su libertad en el país, apenas el 2,1% posee estudios universitarios o terciarios y solo el 36% terminó la escuela secundaria.
Frente a este escenario, existen experiencias como el Centro Universitario Devoto y el programa UBA XXII. Estas iniciativas demuestran que la universidad en la cárcel no es un privilegio, sino una herramienta para mejorar la convivencia y reducir la reincidencia. Cuando el tiempo de condena se llena con educación, deporte y cultura, se combate la inactividad, los consumos problemáticos y el deterioro de la salud mental.
El problema es que estas políticas suelen depender del compromiso de docentes y organizaciones, y no de un presupuesto estatal sistemático. Mientras se discuten muros y medidas de seguridad para las nuevas cárceles, se omiten los espacios para aulas, bibliotecas y talleres.
La seguridad estructural no se logra solo endureciendo penas o construyendo más celdas. La evidencia indica que quienes acceden a la educación universitaria presentan niveles muy bajos de reincidencia. Por eso, el debate fundamental no debería ser entre universidad o cárcel, sino qué tipo de cárcel queremos construir para reducir la violencia en la sociedad.
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