Hablemos de la verdad que incomoda a las élites de Washington y Caracas: el poder suele negociarse por encima de los pueblos. Donald Trump necesita el petróleo venezolano por una razón política y económica inevitable. Tras llevar a Estados Unidos a una confrontación militar con Irán, el costo energético aumentó, golpeando el bolsillo de los estadounidenses. La gasolina cara tiene consecuencias electorales y sociales que un presidente con desgaste en su popularidad no puede ignorar.
Es fundamental precisar que Trump no puede responsabilizar a Joe Biden por esto; fue Trump quien tomó las decisiones y asumió los riesgos de esa guerra. En este escenario, Venezuela vuelve a ser una pieza clave. El país que Washington presentó durante años como un enemigo político se transforma ahora en un socio energético conveniente. Esto demuestra una realidad de la política internacional: los principios suelen durar hasta que aparece el petróleo.
Pero, ¿qué obtiene el pueblo venezolano de estas negociaciones? Mientras las potencias aseguran recursos y los gobiernos negocian su permanencia, la población sigue enfrentando infraestructura deteriorada y necesidades sociales urgentes. Representantes como Delcy Rodríguez debieron utilizar su posición para exigir beneficios concretos: reconstrucción de viviendas, hospitales, escuelas y programas para las comunidades vulnerables.
La verdadera soberanía no consiste solo en controlar el territorio o emitir discursos nacionalistas, sino en utilizar los recursos nacionales para mejorar la vida de los ciudadanos. Lo escandaloso es que, una vez más, el pueblo queda en el último lugar, detrás de los intereses estratégicos y los negocios de las élites. Ninguna negociación es verdaderamente legítima si, al final de ella, la población sigue siendo el gran perdedor.
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