En el extremo sur de Chile, el retroceso del glaciar Tyndall ha permitido el hallazgo de un tesoro paleontológico de dimensiones considerables. Se han documentado más de 90 esqueletos de ictiosaurios, reptiles marinos que dominaron los océanos hace aproximadamente 131 millones de años, durante la era de los dinosaurios. Este descubrimiento, impulsado por la Fundación Azara y la Universidad Maimónides, ofrece una oportunidad única para comprender el pasado biológico de la región.
De acuerdo con Jonatan Kaluza, técnico en paleontología de la Fundación Azara, la Universidad Maimónides y el Conicet, estos restos permiten reconstruir con un nivel de detalle inédito para el hemisferio sur los aspectos fundamentales de la vida de estos animales, incluyendo sus métodos de caza, sus procesos de reproducción y las circunstancias de sus muertes. La investigación, publicada en el volumen 23 de la revista «Desde la Patagonia, Difundiendo Saberes», es el resultado de un esfuerzo coordinado entre especialistas de Argentina, Chile, Alemania y el Reino Unido.
Los ictiosaurios eran reptiles adaptados totalmente a la vida marina. Algunas de sus especies podían alcanzar velocidades cercanas a los 40 kilómetros por hora y tenían la capacidad de parir en el mar. Aunque guardan un parecido físico con los delfines actuales, los expertos aclaran que esto no se debe a un parentesco directo, sino a la convergencia evolutiva, un proceso mediante el cual grupos diferentes desarrollan formas similares al enfrentar los mismos desafíos ambientales.
Kaluza detalló que el aspecto de estos reptiles difería notablemente de los terrestres. Poseían cuerpos alargados y aerodinámicos, aletas rígidas compuestas por decenas de huesecillos y dientes cónicos diseñados para atrapar calamares, tortugas y peces. Además, contaban con ojos enormes protegidos por un anillo óseo que les permitía resistir la presión del agua en las profundidades oceánicas.
El proceso de descubrimiento comenzó en 1997, cuando los guías Andre Labarca y Natalie Tabenski localizaron fragmentos fósiles río abajo, dentro del Parque Nacional Torres del Paine. Este hallazgo inicial sugirió la posibilidad de que existieran grandes reptiles marinos en la zona, lo que llevó a una expedición de la Universidad de Magallanes en 2003. En dicha ocasión, el estudiante Álvaro Zúñiga y el logista Rodrigo Traub encontraron dos esqueletos parcialmente expuestos y articulados cerca del glaciar, convirtiendo al sitio en un punto de estudio sistemático.
Entre 2004 y 2006, la paleontóloga Judith Pardo-Pérez registró 24 esqueletos bajo la supervisión de Marta Fernández, investigadora del Museo de La Plata. Posteriormente, en 2008, se estableció un proyecto conjunto entre Chile y Alemania, liderado por Marcelo Leppe, del Instituto Antártico Chileno, y Wolfgang Stinnesbeck, de la Universidad de Heidelberg. Gracias a las expediciones de 2009 y 2010, el registro ascendió a 46 individuos articulados, cifra que con el tiempo superó los 90 ejemplares, abarcando desde recién nacidos hasta adultos.
La excelente conservación de los fósiles se atribuye a las condiciones del antiguo fondo marino. Corrientes de turbidez cubrieron los cuerpos rápidamente con barro y arena, mientras que la falta de oxígeno impidió que los carroñeros degradaran los restos, permitiendo que muchos esqueletos conservaran su articulación original.
Uno de los hallazgos más destacados ocurrió al final de la campaña de 2009, cuando se identificó la silueta de un ictiosaurio de cuatro metros. Al año siguiente, se detectó un pequeño esqueleto entre sus costillas: se trataba de una hembra preñada. La extracción de esta pieza fue un desafío logístico que se concretó recién en 2022. El equipo debió caminar entre diez y doce horas desde el sector Grey, transportando herramientas con caballos. El bloque fósil, que pesaba cerca de 1.200 kilos, fue dividido en cinco partes y trasladado en helicóptero.
Este ejemplar fue bautizado como «Fiona» debido a que un producto consolidante reveló un color verde intenso en los huesos, causado por plantas briófitas. Mediante una tomografía computarizada realizada en el Museo de Historia Natural Río Seco, en Punta Arenas, se confirmó que pertenecía a la especie Myobradypterygius hauthali, conocida previamente solo por fragmentos dispersos.
El análisis reveló que el feto medía 15 centímetros y estaba posicionado con la cola hacia abajo, una postura similar a la de los delfines y ballenas durante el parto para evitar el ahogo. Asimismo, se hallaron restos de peces en el tracto digestivo de la madre y una lesión antigua ya cicatrizada en una de sus aletas.
Actualmente, los fósiles se encuentran bajo custodia en el museo chileno. Mientras tanto, el retroceso continuo del glaciar Tyndall sigue exponiendo nuevas superficies rocosas. Si bien esto representa una oportunidad científica, también genera una carrera contra el tiempo, ya que los restos quedan expuestos a la erosión y al clima extremo de la Patagonia.






