Seis meses después de que Estados Unidos e Israel comenzaran los bombardeos sobre Irán, el conflicto ha entrado en una fase de calma engañosa. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, define este escenario como "ni guerra ni paz".
Mientras Washington mantiene la superioridad militar, no ha logrado un desenlace político. Ahora, la estrategia gira hacia la "Operación Paria Económico", una ofensiva del Tesoro estadounidense destinada a aislar al régimen y forzar concesiones.
El coste humano ha sido elevado, concentrado principalmente en Irán y Líbano, con más de 3,500 muertes registradas en territorio iraní. Por su parte, Estados Unidos enfrenta un desgaste financiero considerable, con una factura de 37,500 millones de dólares hasta septiembre y una reducción significativa en sus reservas de interceptores Patriot y THAAD.
El centro del pulso es el estrecho de Ormuz. Aunque Donald Trump afirma que las minas han sido retiradas, Teherán lo desmiente, manteniendo el tráfico restringido. Esta tensión ha provocado que el precio del petróleo suba, en promedio, un 33%.
Internamente, Irán sufre una crisis económica severa: el rial ha caído a un mínimo de dos millones por dólar y la inflación de alimentos supera el 120%. Sin embargo, el régimen resiste apoyándose en circuitos financieros alternativos y en China, que recibe más del 80% del petróleo iraní transportado por mar.
Estamos ante un punto muerto. Washington tiene la fuerza para castigar, pero no para decidir el día siguiente; Teherán puede perturbar el Golfo, pero no romper su aislamiento. Nadie quiere ser el primero en admitir la derrota.
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