El Colegio de Arquitectos ha distinguido con el Premio Nacional de Arquitectura a Alejandro Aravena y Smiljan Radic, reconociendo el valor excepcional de sus obras. Para Aravena, quien obtuvo el Premio Pritzker en 2016, este galardón, recibido diez años después de aquel reconocimiento internacional, adquiere un significado especial al provenir de sus propios colegas.
En el marco de este reconocimiento, Aravena ha reflexionado sobre la identidad de la arquitectura chilena, cuestionando si existe una tradición común en el país. Utilizando analogías futbolísticas, el arquitecto define la mejor producción local por lo que no es: una arquitectura "poco cuática", con "poco fleco" y "poca challa". Según Aravena, esta sobriedad es un atributo fundamental en un contexto global donde la calidad suele confundirse erróneamente con ornamentos o "fintas innecesarias".
El fundador de la oficina Elemental sostiene que Chile posee una condición particular que lo convierte en un exportador universal de conocimiento. Esto se debe a la necesidad de producir proyectos con estándares de países desarrollados, pero ejecutándolos con los recursos limitados de un país en desarrollo, una realidad que se replica en gran parte del mundo.
Sobre su metodología de trabajo, Aravena destaca el diseño participativo como un pilar central, aclarando que este no debe confundirse con diseñar por aclamación popular. Para él, este proceso se basa en tres ejes: una escucha radical para identificar la pregunta correcta antes de buscar la respuesta; la comunicación temprana de las restricciones para evitar falsas expectativas y empoderar a las contrapartes; y el establecimiento de un diálogo horizontal, evitando tanto el paternalismo como el sentimiento de culpa. El objetivo final es construir confianza mutua, elemento esencial para salvar los momentos críticos de proyectos complejos.
En relación a Smiljan Radic, ganador del Pritzker 2026, Aravena describe el hecho de ser premiado junto a él como una experiencia "ubicadora". Destaca que la calidad del trabajo de Radic es tan unánime que elimina cualquier excusa para no realizar obras de alta calidad en Chile, utilizando los mismos medios disponibles.
Sin embargo, no todo es optimismo en la visión del arquitecto. Aravena expresó su preocupación por la gestión actual del Ministerio de Obras Públicas (MOP), específicamente respecto a la posible descontinuación del Plan del Buen Vecino de la Dirección General de Concesiones. Este plan, en el que Aravena presidió la comisión, proponía que las autopistas corrigieran deudas urbanas mediante obras que recompusieran la continuidad urbana y aportaran servicios en zonas deficitarias, sin costo para el Estado, sino a través de una extensión marginal de los plazos de concesión.
El arquitecto cita el Parque de la Alegría en Renca como un ejemplo exitoso de este modelo. Advirtió que volver a una visión sectorialista, donde las autopistas se ven únicamente como vías para mover autos, es un error anacrónico que incrementa el costo social y humano, alimentando el resentimiento en las comunidades afectadas.
Mirando hacia el futuro y el contexto global, Aravena identifica que el mayor desafío actual es anterior a la arquitectura: la lucha entre la civilización y la barbarie. Se refiere a la tendencia de que el beneficio personal, impulsado por el crimen organizado, élites políticas o gurús tecnológicos, reemplace al Estado de Derecho y al bien común.
Finalmente, Aravena compartió detalles sobre el proyecto más reciente de Elemental: el Hospital de la Paz en Colombia, destinado a víctimas de violencia sexual del conflicto armado. Basado en el modelo Panzi del Nobel de la Paz Dr. Mukwege, este proyecto busca una justicia reparatoria. El arquitecto describió esta experiencia como la más cruda de su trayectoria, donde la crueldad de los crímenes contrasta con la voluntad de las víctimas de sanarse y evitar que tales horrores se repitan, manteniendo el beneficio de la duda sobre la voluntad del nuevo gobierno colombiano para concretar la obra.






