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El eco de Borges en El Salvador: Entre la literatura y la tensión ideológica

CLARABOYA A Víctor Hugo Granados González Álvaro Darío Lara Había bajado muy rápidamente del microbús que me transportaba desde el centro del viejo San Salvador hasta la universidad jesuita donde cursaba mis estudios de Letras. Llegué a la esquina de aquella recordada pizzería (uno de los obligados sitios de francachelas con mis condiscípulos de ... La entrada EL DÍA QUE MURIÓ BORGES aparece primero en Diario Co Latino .

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El eco de Borges en El Salvador: Entre la literatura y la tensión ideológica

En un relato personal cargado de nostalgia, Álvaro Darío Lara rememora el momento exacto en que recibió la noticia del fallecimiento del escritor argentino Jorge Luis Borges, un suceso que marcó profundamente su juventud y su visión sobre la creación literaria en un contexto de alta polarización política. Los hechos se sitúan en San Salvador, mientras Lara cursaba sus estudios de Letras en la universidad jesuita.

El autor describe una mañana agitada, marcada por la prisa de llegar a sus clases y la atmósfera del centro de la ciudad. Tras descender de un microbús y atravesar la calle cerca de una conocida pizzería, Lara ingresó al recinto universitario. Tras haber perdido parte de la primera clase debido a que se había quedado dormido, decidió no entrar al aula al escuchar la voz del historiador jesuita que impartía la materia. Fue en ese instante de soledad matinal, mientras descansaba en una jardinera, cuando su mejor amigo, Víctor Hugo Granados González, se acercó para darle la noticia: "Álvaro, murió Borges".

La partida del escritor ocurrió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, aunque Lara recibió la noticia un día después. A sus veinte años, el estudiante ya sentía una profunda devoción por la obra narrativa de Borges, cuyos cuentos lo sumergían en universos fantásticos, eruditos y lúdicos. Lara recuerda haber conservado una fotografía del autor, recortada de una revista y pegada sobre cartulina, en el estudio que había heredado de su padre.

Sin embargo, el impacto de la muerte de Borges no estuvo exento de tensiones externas. El relato sitúa estos hechos en el marco de la guerra civil en El Salvador, un periodo donde el fanatismo ideológico y político influía en la percepción de los intelectuales. Para muchos jóvenes contemporáneos de Lara, Borges era visto con desconfianza y etiquetado como "facho" debido a su simpatía inicial hacia la dictadura militar argentina. Una situación similar ocurría con Mario Vargas Llosa, quien era señalado por algunos como agente de la CIA. En aquel entorno, elogiar a estos autores o portar sus libros podía generar sospechas, especialmente entre aspirantes a escritores y ciertos círculos de izquierda que se consideraban intelectuales.

Ante esto, Álvaro Darío Lara mantuvo una postura firme: la calidad de la obra literaria debe prevalecer sobre las orientaciones políticas del autor. El autor cuestiona la noción del "compromiso del escritor", entendida en aquel entonces como la obligación de convertir la obra en un espejo de la militancia revolucionaria. Para Lara, el verdadero compromiso reside en la escritura misma, en la coherencia personal y en la capacidad de escribir bien, citando la influencia de Hemingway. Sostiene que la validez de un texto no depende de una causa política, sino del manejo del lenguaje y la capacidad de crear un universo literario.

Lara reflexiona sobre cómo muchos escritores que fueron promovidos por conveniencias políticas, ya sea de izquierda o de derecha, no sobrevivieron al paso del tiempo porque su trabajo carecía de trascendencia. En contraste, la obra de Borges permaneció intacta. Tras recibir la noticia de su muerte, el autor evocó elementos recurrentes en la obra del argentino: los laberintos, los tigres, los relojes de arena, la ceguera, la memoria de Funes y los senderos que se bifurcan, sintiendo que el mundo había cambiado irremediablemente.

Años más tarde, ya como docente universitario, Lara integró a Borges en su rutina profesional. Antes de impartir sus clases, solía refugiarse en la biblioteca para leer los ensayos, conferencias y entrevistas del autor. A través de Borges, exploró las ideas de pensadores como Emerson, Schopenhauer, Kafka, Spinoza y Macedonio Fernández. Estas lecturas, marcadas por un humor inteligente y una amenidad cautivadora, le proporcionaron consuelo y esperanza frente a las desolaciones.

El relato concluye con la reflexión de que, aunque el hombre falleció, el Borges inmortal permanece a través de su obra, riéndose de los nacionalismos y de las instituciones académicas, asegurando su permanencia en la memoria de quienes valoran la literatura por encima de la ideología.

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