Un análisis contundente cuestiona la atribución de características negativas a animales, contrastándolas con comportamientos cuestionables observados en figuras de poder y el ámbito empresarial. El texto, firmado por un periodista y filólogo, plantea una reflexión sobre la hipocresía humana y la pureza instintiva del reino animal.
El artículo denuncia cómo se ha demonizado a especies como la rata, el tiburón, la víbora, el buitre y el lobo, asociándolas a vicios como la corrupción, la traición y la depredación. Sin embargo, se argumenta que estas criaturas, en su entorno natural, cumplen funciones esenciales y exhiben comportamientos altruistas o de supervivencia que contrastan con la falta de ética de muchos individuos en posiciones de influencia.
Se señala que la rata, a menudo símbolo de traición, sacrificaría su propia comida para salvar a una compañera, mientras que el funcionario público “ensucia y luego crea una comisión para investigar… con presupuesto ampliado”. El tiburón, regulador ecológico, se compara con el ejecutivo que “devora empresas, empleados y reputaciones por bonificación”. La víbora, que advierte con su siseo, contrasta con el “veneno humano” que se inocula “por la espalda, con emoticonos, saludos cordiales y palmaditas”.
El buitre, encargado de limpiar la muerte, se opone al individuo que busca beneficios incluso en momentos de duelo, y el lobo, que protege a su manada, al que utiliza a otros como escudo. En definitiva, el texto subraya que los animales no fingen, no prometen lo que no pueden cumplir y no traicionan la confianza. La crítica final se dirige a aquellos que, con “colonia cara” y “discursos encendidos”, calculan el valor de su silencio.
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